IMG_1

Inundemos de rebeldía y color nuestra casa: Memorias sobre un pasacalle en Sumpango

Inundemos de rebeldía y color nuestra casa: Memorias sobre un pasacalle en Sumpango

El cierre del Anticéntrico en Sumpango convocó a un grupo de niños(as), jóvenes y adultos(as) quienes desde una puesta en escena en el espacio público reflexionaron sobre el cuidado medioambiental.

Cuando llegamos a Sumpango a mitad del 2022 teníamos un propósito claro: imaginar allí un espacio de creación en el que niños(as) y jóvenes del municipio se permitieran un lugar para experimentar desde la pintura, el collage y la actuación. Esta propuesta llevaría por nombre Anticéntrico dada nuestra intención por ampliar el acceso al arte en territorios lejanos a las “capitales culturales” del país.

El engranaje que logramos en Sumpango después haber iniciado esta aventura superó las expectativas fijadas. Quizá la más presente tuvo que ver con la edad de los participantes. De esperar exclusivamente a niños(as) y jóvenes, resultamos conviviendo con edades desde los casi 7 años hasta los 68.

Si bien hace seis meses teníamos una meta clara, lo cierto es que hoy entendemos el Anticéntrico como una ruta de muchos desvíos y por, sobre todo, de encuentros. También, durante este tiempo, hicimos de la experimentación y de la pregunta estandartes de nuestro espacio.

A lo largo de las sesiones nos surgía siempre la pregunta sobre cómo podíamos aterrizar los diálogos, los aprendizajes e incluso las dudas que nos regalaba cada encuentro con nuestros cómplices.  

Imagen B (no usar en redes sociales)

Pasado el tiempo, y a través de muchas conversaciones, concluimos que el cierre de este primer Anticéntrico no podía ocupar mejor lugar que la calle, específicamente en el casco urbano de Sumpango.

Junto a los integrantes del taller decidimos realizar una activación pública en la cual pudiera conjugarse lo aprendido desde la actuación y la pintura. La temática de esta propuesta buscaba reflexionar sobre el medioambiente, el reciclaje y las posibilidades para los nuevos futuros.

Fue así como desarrollamos la idea de crear un títere de 4 x 6 metros en forma híbrida de un colibrí y tacuazín que pudiera aludir a la diversidad faunística de Sumpango.

Por otro lado, quisimos realizar varias actuaciones en el espacio público que pudieran acompañar el tránsito del títere. Estos actos discursarían alrededor de la protección del medioambiente gracias a gestos en los que se invitaba a prevenir el desecho de basura en las calles. A la vez, esto buscaba reflexionar sobre la necesidad del reciclaje.

La fiesta

El último fin de semana de octubre del 2022 estábamos listos para poner nuestras dudas y certezas en la calle. Nos convocamos alrededor del inmenso títere y entre atuendos que implicaban máscaras de animales que habían elegido los participantes del taller, así como con flecos color verde, azul, rosado y naranja que colgaban de nuestras prendas, buscábamos llevarle a los vecinos de Sumpango una atípica dosis de complicidad artística.

Junto con el títere y una comitiva formada tanto por los participantes del taller como por los jóvenes invitados del Centro municipal de modalidades flexibles de Sumpango, llegamos hasta la Casa de la Cultura.

Juntos nos movilizaríamos a lo largo del casco urbano para desfilar y en tres ocasiones realizaríamos un pequeño acto con el que buscábamos reflexionar sobre el desecho de residuos. Estas pequeñas intervenciones tomarían lugar frente al Tanque Municipal, un banco, y, por último, el Mercado Municipal.

IMG_2

La incertidumbre sobraba, pero la emoción era nuestra principal fuerza de arranque. Mishel Larias, de 15 años lo confirma: “Estaba muy nerviosa. Tenía miedo de que las cosas no fueran a salir como queríamos y tampoco sabía cómo iba a reaccionar la gente. Había muchas preguntas en mi mente”.

Para Gabriel Gallina de 25 años, quien además se encarga de gestionar la Escuela Municipal de Arte, esta incertidumbre no era para menos, sobre todo al tratarse de una actividad que no se había realizado antes en Sumpango.  

“Lo que más me generaba inquietud era saber cómo lo iban a tomar las personas, ya que fue una actividad que no se ha practicado por acá, y en especial por su tema medioambiental”, dice el joven.

El temor por exponerse y presentar algo que nunca haya sido visto puede ser aterrador, pero lo cierto es que detrás de estas decisiones siempre hay una fuerza conductora que habla sobre el valor de romper imaginarios. Esto sería, desde nuestra propuesta, una rebeldía colectiva.

Días después de aquel acontecimiento en el espacio público, Gustavo Pirir tiene claro estas impresiones. Según nos cuenta, la experiencia consistía en dejarse llevar y sentir. “Ese día pensaba que sería grandioso. Aunque tenía preguntas sobre cómo podían reaccionar los vecinos, me sentí menos tenso y emocionado”, cuenta el joven de 19 años.

IMG_3

Mientras transitábamos por las calles de Sumpango, la euforia era innegable. Junto a Gabriel Gallina varios cargábamos el títere de 6 metros y nos percatábamos de su magnitud. Dado su tamaño, debíamos malabarear para que no se cayera mientras el grupo avanzaba.

“El peso era algo que no teníamos contemplado y a la hora del pasacalle era bastante significativo porque el aire también movía al personaje”, cuenta Gabriel.

Mientras esta misión por sostener al títere ocurría, adelante, transitaban los niños y los jóvenes como si se tratara de una pequeña masa de verdes, celestes, naranjas, rosados y amarillos. A la caravana le acompañaba una selección musical y una canción cuyo coro invitaba a meditar sobre el reciclaje.

Otra de las propuestas del recorrido consistía en llevar costales para que los residentes de Sumpango que vieran la caravana pudiesen depositar los residuos que tuvieran. Mientras esto ocurría, Gustavo Pirir caminaba y hablaba a través de un megáfono invitando a que más personas se sumaran.

IMG_4
IMG_5

Aunque la acción se diluyó tan rápido con el tiempo, esto no impidió momentos que terminarían por revelar los efectos de nuestra acción. Mientras Paola Juracán de 34 años también formaba parte de la caravana y acompañaba a su hijo Jefferson, logró percatarse de algo: “Recuerdo que hubo un señor con bastón que nos vio desde el inicio del recorrido. Seguro le llamó la atención y se fue con nosotros hasta el final”.

A decir de Paola, dicho acontecimiento fue prueba de lo que por varios meses se había imaginado con los talleres: crear y compartir preguntas sobre algo que puede ser de interés común para todas las personas en un contexto comunitario.

Mientras transcurría la caravana, eran varias las personas -sobre todo niños y niñas- quienes se acercaban para depositar restos de basura en los sacos de nuestros compañeros. “Creo que las personas se dieron cuenta del mensaje que estábamos transmitiendo”, dice con seguridad Paola Juracán.

Esto no hubiese sido posible sin varias las interpretaciones que se hicieron en las tres paradas del recorrido. En cada una de ellas, la narrativa presentaba a Luis Fernando Gómez, de 68 años, disfrazado de oso. Él simularía tirar basura en la calle para que, ante la situación, los otros participantes, interpretando a un grupo de pequeños animales, lo confrontarían y le harían reflexionar sobre sus hábitos ecológicos.

IMG_6

Cuando esto actos sucedían, Mishel Larias, con menos miedo, lograba entrar en su papel como uno de los personajes dentro de la narrativa. “Logré poner en práctica cada cosa que nos habían enseñado en el taller de actuación. Recordé la importancia que tenía el relajarme”, cuenta la joven.

Entre miradas, risas, colores y movimiento, el recorrido concluyó frente al mural del Parque Central que hacía unas semanas habíamos preparado junto a nuestros cómplices del taller. Al llegar a esta altura del recorrido, sabíamos que ese sería (por ahora) el final de la historia que nos llevó a encontrarnos de forma <<artística>> junto a nuestros nuevos amigos de Sumpango.

Al dar por concluido el recorrido también cabía preguntarnos: ¿Es el arte el lenguaje más certero para comprendernos, ya que nos faculta de una empatía para entender mejor cómo sienten los demás?

Quizá la importancia de un mural o de una actuación no se encuentre solo en la belleza del color o en el ritmo del movimiento. Puede que estos actos sean los modos más sutiles, sencillos y honestos para imaginar lo que puede llegar a ser.

“Después de esta acción, ¿Qué piensas sobre el cuidado del medioambiente en Sumpango? Y ¿Cómo desde tu lugar te gustaría crear o impulsar nuevos cambios?” Fueron dos preguntas que hicimos a varios de los participantes del taller.

IMG_7

Entre varias respuestas destacó la de Gabriel Gallina quien reflexionó sobre el lugar de las futuras generaciones: “Creo que la única forma es enseñándoles a los niños a cuidar el medio ambiente porque en ocasiones es nuestra misma cultura la que nos hace, por ejemplo, tirar la basura donde no es, o incluso recoger la basura de otros y quitarles la responsabilidad. Creo que desde la niñez podemos y debemos cambiar aspectos de nuestras vidas que hacen parte de esa cultura”.

Al concluir el recorrido, los flecos de color caían de los hombros y los brazos de los participantes. Por otro lado, el títere del tacuazín-colibrí, un tanto lesionado, descansaba en una esquina de la Casa cultural de Sumpango.

Entre risas, abrazos y aplausos, los integrantes del Anticéntrico en Sumpango llegaron al final de este recorrido con una nueva certeza que no tenía que ver solamente con el hecho de pensar sobre el reciclaje o el medioambiente. Esta vez, la enseñanza tenía que ver con su propia experiencia. Aquel día, los niños y niñas, los jóvenes y adultos participantes de la caravana supieron que toda imaginación perdura y que, junto a una, dos, tres o más personas, todo sueño rebelde que desborde en color y emotividad es posible.

Ciudad de Guatemala, Centro América

svg-image
INSTA-LOGO_black_003
svg-image