Esos pulsos que brillan en silencio: Una crónica sobre ‘El Despertar de las Hormigas’ en el Relleno Sanitario
Esos pulsos que brillan en silencio: Una crónica sobre ‘El Despertar de las Hormigas’ en el Relleno Sanitario
El cierre del Anticéntrico en la comunidad del Relleno Sanitario, en la ciudad de Guatemala, convocó a un grupo de mujeres y sus familiares para ver El Despertar de las Hormigas; una película que reflexiona sobre los síntomas del machismo y la búsqueda del deseo en la maternidad.
No es la primera vez que el cine reclama un lugar en los salones de clase dentro de la organización Creamos, ubicada justo al lado de la entrada del Relleno Sanitario, entre las zonas capitalinas 3 y 7 de Guatemala.
Hace algunos meses habríamos llegado por primera vez a la comunidad con una historia potente bajo el hombro: la de Bernardo Caal y su lucha contra la industrialización sobre el Río Cahabón en territorio q’eqchi’. Con la idea de ensanchar puentes que permitieran reconocer la forma de vida en otras latitudes, decidimos proyectar Agua, la Sangre de la Madre Tierra, un documental que retrata la organización política de Caal y su comunidad.
Luego de ver el documental junto a varias de las participantes del Anticéntrico y algunos de sus familiares, concluimos que el cine nos refleja, le da una forma a nuestra sensibilidad y también, invita a repensarnos desde los contextos que habitamos.
Esa misma reflexión nos convocó nuevamente a Creamos hacia finales de octubre de este año para que, en el marco del cierre de actividades del Anticéntrico, proyectáramos El Despertar de las Hormigas, una película costarricense del 2019 que dialoga sobre la maternidad y su resistencia dentro de un contexto limitado económicamente.
La propuesta de esta proyección buscaba dibujar un vínculo entre las vivencias de las mujeres en la comunidad del Relleno Sanitario con una historia que pudiera sentirse ser tan local como universal.
Una de las secuencias más memorables en El Despertar de las Hormigas es, seguramente, aquella en la que Isabel, protagonista de la película, deshace un pastel que ella misma ha decorado. Luego de destruir el postre con sus manos, podemos verla devorando con satisfacción varios pedazos de este.
Apenas son los primeros minutos de la película y la historia deja vernos a una protagonista que se desborda. Sin embargo, nos percatamos que la destrucción del pastel es tan solo una imagen producida por su mente.
La razón que llevó a Isabel a tal estado fue la acumulación de preguntas y pequeños hostigamientos por parte de los miembros de la familia de su esposo quienes cuestionan la forma en que ella decide hacer las cosas, retratado en los primeros minutos del filme con la decoración del pastel.
Para Odilia Pixtún, de 37 años y vecina de la colonia Landívar en zona 7, la escena se presenta como un eco de su propia experiencia: “Me sentí muy identificada al ver que ella está haciendo el pastel para todos y le reclaman hasta por el café”, cuenta Odilia al ejemplificar sobre la dinámica injusta que asigna a las mujeres roles de servicio incluso dentro de la familia.
El Despertar de las Hormigas es una película que nos cuenta sobre Isabel, una costurera, esposa y madre de dos niñas, quien se hace cargo del cuidado de su familia, el hogar, y quien además suele complacer a las personas que la rodean. De lo contrario, si no responde a los estándares de cuidado, Isabel se convertiría en “una mala mujer” o una “mala mamá”, como le recuerda su suegra en algunas ocasiones de la película.
Las cosas se complican en la ya anudada mente de la protagonista, cuando su esposo, Alcides, insiste en tener un nuevos hijo que sea hombre. Isabel se ve condicionada, ya que, más allá del cariño que asegura tenerle a su marido, no se encuentra lista para hacerse cargo de un nuevo bebé.
El Despertar de las Hormigas nos presenta a la familia de Isabel como una de accesos económicos limitados. Por esa razón, la idea de un hijo no podría suponer más que un desafío para la sobrevivencia dentro de un contexto donde los 2 mil colones diarios -unos 25 quetzales- que recibe Isabel de Alcides, no resultan suficientes para comprar comida ni para atender otras necesidades de la casa.
Mientras la historia va avanzando en el salón de Creamos, los ojos permanecen fijados al muro convertido en pantalla. A medida que la película se desenvuelve, varios niños entran y salen del aula. Quizá esta historia no les ha capturado tanto, por lo que empiezan a jugar fuera de la clase. Adentro, los adultos exploran con la mirada un mundo que muchos resulta conocido.
“Hubo cosas en la película que me hicieron sentir con mucho enojo y desesperación”, repasa Odilia Pixtún al insistir en la poca reactividad de Isabel frente a la sugestiva manipulación de su familia, que le asigna un lugar de “villana” por no querer otro hijo.
A pesar de un contexto que pretende moldear la libertad de “Isa”, ella se mantiene de pie y contra toda oposición, se permite soñar con un espacio propio donde pueda trabajar y vender sus piezas textiles. El sueño la lleva incluso a “escaparse” de sus labores cotidianas como ama de casa para conocer un local en renta.
En esta película, las mujeres rara vez imponen una decisión. Tan solo escuchan y se dejan llevar por los patrones. Valerie y Nicole, las hijas de Isabel entienden esto a perfección. En una escena, mientras se dejan trenzar el pelo, una de las niñas pregunta por qué su mamá no se deja cortar la cabellera, a lo que su hermana responde: “Es que a papi le gusta que mami tenga el pelo largo”.
El slogan promocional de El Despertar de las Hormigas apunta que “Los patrones están para cortarlos”, y como prueba de esa expresión, en la película podemos ver cómo el desborde en Isabel la lleva a terminar con uno de los estándares que han marcado su familia. Con esa decisión llega el final de la película.
Al momento de concluir la historia, el salón en Creamos se queda con pocas personas. Algunas de las espectadoras han decidido marcharse. En la clase, queda Odilia, Floridalma Aguilar y una pareja.
Floridalma, que tiene 38 años se siente movida por la película. Nos cuenta, con mucha tranquilidad y transparencia que la historia de Isabel también fue la suya. “Me sentí identificada en las partes donde ella trataba de agradar a todas las personas y cuando callaba sus sentimientos. Siento que al final el cine son estas historias que pueden ser tan reales”, comparte la también vecina de la Colonia Landívar en la zona 7 capitalina.
Aguilar también nos cuenta que la maternidad y el deseo de no tener más hijos es un tema que ella vivió en carne propia. Sobre todo, porque su esposo, quien falleció hace unos años, insistía en tener más hijos sin preguntarle a ella su deseo y capacidad.
“Un día decidí mi cuarto hijo sería el último. Por mucho tiempo no sabía cómo iba poder ayudar a mis otros hijos si seguía teniendo más. Decidí operarme y sentí que tenía más libertad y decisión sobre mí”, relata Floridalma.
¿Cómo es que el deseo de libertad y autonomía de una persona resulta asfixiada por el silencio? ¿Es posible atender el placer o los sueños cuando el ambiente -muchas veces masculino- decide sobre las voces femeninas?
Las respuestas a estas preguntas quizá tengan inagotables perspectivas, pero sabemos que el origen está siempre en una forma de opresión tan sutil que a veces resulta imperceptible.
“Mi marido era una persona que me ayudaba con el gasto, no les pegaba a mis hijos, pero tomaba mucho alcohol. Cuando eso pasaba me sentía sola y no querida. Recuerdo que yo lloraba en silencio y no le contaba a nadie. Luego de su muerte, logré hablar y compartir con más personas. Allí entendí que el ambiente en el que vivíamos y la insistencia de tener más hijos, aunque yo no pudiera, hacía que yo no me amara lo suficiente. Estaba siempre complaciendo a los demás”, cuenta Floridalma.
Han pasado varios años desde que la maternidad de Floridalma cambió. Sus hijos han crecido. También, gracias al baile, la música y las amigas ha encontrado un nuevo lugar para ella. Ha experimentado eso que llaman libertad y que fácil puede asociarse con un brillo en medio de la asfixia silenciosa.
“He entendido que soy yo la única persona que puede llenarme, y ahora la soledad es mi amiga”, nos cuenta Floridalma tras varios minutos de haber concluido la película. La vecina de la zona 7, y participante en Creamos, infiere que El Despertar de las Hormigas, ha sido como otra forma de verse.
Floridalma nos hace reflexionar que, así como en la película, los patrones no siempre deben repetirse y que a veces es mejor romperlos aunque para muchos parezca un desbordamiento o una locura.